El delito preterintencional. ¿Cuándo se estima?

Un término tan visiblemente jurídico-técnico requiere de una previa aclaración antes de profundizar en su trato por nuestros magistrados. Es realmente un concepto sencillo, únicamente debe imaginarse usted que un sujeto, al que llamaremos Ramón, quiere causarle un daño a otro sujeto al que llamaremos Pedro. Imagínense que Pedro está realmente molesto con Ramón porque este último tuvo una aventura con su mujer, y aprovechando que se lo encuentra en el bar al que suele ir después del trabajo, se enzarzan rápidamente en una discusión y Pedro agrede físicamente a Ramón, con el único objetivo de darle en la cara sin causarle graves daños para dejarle en ridículo y recuperar su orgullo. El problema es que Pedro, al golpear a Ramón en la cara hace que éste caiga del taburete en el que estaba sentado, junto a la barra del bar, y se corte la cara con un vaso roto que había en el suelo, provocándole una herida que con su posterior cicatriz le desfigura el rostro suponiendo un grave perjuicio estético. Queda claro que Pedro no quería llegar tan lejos, tan solo quería demostrar su hombría y darle una lección a Ramón, pero ha ocasionado una situación en la que se enfrenta a que se le imponga un delito de lesiones en diferentes grados. Las lesiones que Pedro había previsto ni siquiera iban a necesitar tratamiento médico o quirúrgico, por lo que según el artículo 147 del recién reformado CP se trataría de un delito leve de lesiones que conlleva pena de multa de 1 a 3 meses. En cambio, el resultado producido constituye a primera vista un delito de lesiones en su versión agravada, por haber producido una grave deformidad a la víctima ( si así lo apreciara el tribunal correspondiente), que acarrea una pena de 6 a 12 años de cárcel. Como vemos, es una cuestión realmente trascendente la preterintencionalidad, que siendo difícil de probar en muchos casos, puede ser el elemento que determina la libertad de una persona.

Podríamos decir de forma llana, que hay preterintencionalidad cuando queremos que se produzca un resultado, y al contrario de nuestras intenciones o nuestro objetivo, se da un resultado diferente y de mayor gravedad, como desfigurar el rostro de alguien a quien solo queríamos asustar con un golpe. El Tribunal Supremo en sentencia de 21 de enero de 1997 dejó una definición, por supuesto, más elegante: “El delito preterintencional surge cuando el resultado más grave no es sino un desarrollo no querido, pero de la misma índole del querido” (sin perjuicio de que luego se diferencie entre delito preterintencional homogéneo y heterogéneo). El problema aparece cuando un juez o magistrado estima que realmente se ha producido esa preterintencionalidad, quedando claro que el resultado perseguido no es el que finalmente se ha ocasionado. ¿Se condena entonces al imputado al delito correspondiente a sus intenciones? ( Como en nuestro caso ficticio el delito leve de lesiones a Pedro)  Pues la misma sentencia citada anteriormente estableció que se le reputa en estos caso al reo “autor de una infraccón dolosa en cuanto lo que quiso ejecutar y ejecutó, y como agente de otra culposa en cuanto a la que no quiso ejecutar y sin embargo produjo”. Por lo tanto, si de la infracción que no quiso cometerse pero se cometió eliminamos el dolo, nos queda una acción que no fue realizada con consciencia y voluntad de realizar los elementos objetivos del tipo, que en el caso de Pedro sería el delito de lesiones cualificado, por lo que se habría cometido imprudentemente.

Voy a clarificar la aplicación de la preterintencionalidad con una sentencia, explicada de forma breve y al menos pretendidamente sencilla.  La sentencia en cuestión es la de la Audiencia provincial de Zaragoza número 74/2000 de 19 de septiembre. En ella se decide sobre un delito de lesiones imputado a Antonio, mayor de edad y sin antecedentes penales, por haber empujado a Adrián tras una pelea, causándole lesiones sumamente graves por el impacto del éste contra el asfalto. Las lesiones provocadas por Antonio, sin contar el impacto de la cabeza de Adrián contra el asfalto, eran de carácter leve. Por lo tanto, al haberse probado que Antonio no pudo prever las graves lesiones que sufrió Adrián en su caída, la AP de Zaragoza absolvió a Antonio del delito de lesiones que se le imputaba y le condenó por dos faltas (suprimidos después de la reforma del CP que hoy entra en vigor, pasando a ser delitos leves), una dolosa y otra culposa. Es decir, por aquellas lesiones que le provocó a Adrián durante la pelea consciente y voluntariamente, se le condenó por una falta de lesiones que recogía el artículo 617.1 del CP, que se castigaba con la pena de arresto de 3 a 6 fines de semana o multa de 1 a 2 meses. Y por aquellas graves lesiones que le provocó  sin ser esa su intención, se le condenó por una falta de lesiones por imprudencia, establecida en el antiguo artículo 621.3, castigado con pena de multa de 15 a 30 días, por entender que la conducta de Antonio no era suficiente por sí misma para generar el resultado que finalmente se dio.

En conclusión, los tribunales, si logra probarse que el desenlace no fue el deseado por el sujeto activo ni fue el que debió darse en condiciones normales, aplicarán las penas correspondientes a la comisión dolosa de aquel resultado que se quiso producir y a la comisión imprudente por aquel que no se deseó ni previó.


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